La Constitución y el abuelo

Si algún día quisiéramos enseñar a nuestros hijos pequeños qué es una Constitución, podríamos tener una conversación así:

  • Papá ¿qué es una Constitución?
  • Mira hija, la Constitución de un país es lo que tu abuelo es a esta familia.
  • ¿Cómo?
  • Déjame explicarte pequeña. Todos en esta familia, tus tías, tíos y primos, respetamos a tu abuelo, seguimos sus consejos.
  • ¿Por qué papá? ¿Por qué el abuelo y no a tí papi?
  • La respuesta es sencilla hija. Todos amamos a tu abuelito. Y escuchamos sus consejos pues confiamos en su sabiduría.
  • Oye pá’ ¿Y qué tiene que ver la Constitución con el abuelo?
  • Así como nos reunimos todos los fines de semana con el abuelo, la Constitución reúne a toda la sociedad -ciudadanos y autoridades- en torno a ella. El abuelo dice qué puedes hacer y no hacer en su casa. Lo mismo dice la Constitución: qué pueden hacer y no hacer las personas y el Estado.
  • Papá, si el abuelo es como la Constitución, ¿entonces qué son los papás y los nietos?
  • Los papás y mamás, hija, seríamos como las leyes de la nación.  Nosotros, siguiendo la sabiduría del abuelo, establecemos algunas reglas para nuestros hijos. Los nietos, o sea, tú, tus primas y primos, serían todas las personas que viven en el país. 

Hasta aquí enseñaríamos a nuestros pequeños vástagos la primera lección de civismo y derecho constitucional en un entorno idílico. Pero si la plática siguiera, entonces el final podría no ser tan feliz. 

  • Oye papá ¿y así funciona en México?
  • Más o menos mi’ja.
  • ¿Por qué papi?
  • Imagina que tus primas y primos juegan en el jardín del abuelo. Rodeándolos estamos todos los papás y mamás, que somos las leyes, cuidándolos, y el abuelo, la Constitución, en su silla, fumando su puro, supervisa a todos: papás, mamás, primos y primas.
  • ¿Y qué estamos jugando los primos?
  • Como ustedes son la sociedad, algunos son empleados, otros obreros, otras legisladoras, juezas, empresarias, profesionistas o presidentas.
  • Entonces todo es felicidad ¿verdad papá? Con los papás que son las leyes y el abuelo, que es la Constitución, estableciendo derechos y poniendo reglas.
  • Todo parece ir bien, hasta que un niño, en particular, decide que no le gustan las reglas del juego y decide cambiarlas.
  • Dime papá ¿que hará ese niño?
  • Se va caminando directo con el abuelo.
  • ¿Y luego?
  • El abuelo se levanta de su silla. Su rostro de amabilidad se endurece, deja el puro en el cenicero y se prepara para calmar al nieto.
  • Me parece papá, que el abuelo va a regañar a ese niño, ji ji ji. 
  • No en este caso hija. El niño se para enfrente del abuelo. De pronto, su cuerpo sufre una transformación increíble. Ese niño delgadito de 5 años se transforma en un hombre robusto, de cerca de dos metros de altura, y musculatura propia de Hércules.  A continuación le grita al abuelo: “ESTAS SON LAS NUEVAS REGLAS ¿ENTIENDES ANCIANO?”.
  • Pobre del abuelo ¿qué hará ahora papá?
  • Nada. Simplemente baja la mirada y con voz temblorosa le contesta “si mi hijito, lo que tú digas”. A partir de entonces las reglas han cambiado. 
  • Pobre abuelo, vaya susto ¿y qué pasó con el hombre malo?
  • No es un hombre malo, mi amor, recuerda que es uno más de los primos. Inmediatamente después se convirtió otra vez en niño y regresó a seguir jugando. Lo único malo es que a este pequeño no le gustan nunca las reglas del juego y decide cambiarlas a cada rato, repitiendo la escena que te platiqué, dándole órdenes al abuelo.
  • Papá, dime ¿cómo se llama ese niño?
  • Sus primos le dicen “CP” de cariño.
  • ¿CP? ¿Por qué le dicen así papi?
  • Son sus iniciales hija. Ese niño se llama Constituyente Permanente. 

Y así es cómo podríamos explicar a la niñez mexicana el maltrecho principio de rigidez constitucional de nuestro país. La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos cumple 100 años, con casi 700 reformas realizadas por el constituyente permanente. Poder omnipotente, que no conoce de límites.

Un comentario

  1. Sucede exactamente lo mismo en mi natal República Dominicana.
    No sé si sentirme aliviado o simplemente renegado a una posibilidad de que las cosas realmente cambien.

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