La dictadura de lo políticamente correcto.

Vivimos tiempos extraños. Estamos inmersos en una sociedad de claroscuros, donde los grises tienden a desaparecer. Por una parte, el internet permite tener acceso, de inmediato, a grandes cantidades de información; por otra, muchísima gente en el mundo todavía no sabe leer, mucho menos tiene contacto con una computadora. La ciencia ha permitido hacer más eficiente la agricultura, pero millones de personas mueren de hambre cada año. Desde mediados del siglo pasado ha tomado fuerza la reivindicación de los derechos humanos; a la par, diversos movimientos buscan aniquilar o desconocer los derechos de determinados grupos de personas.

La libertad de expresión, en cualquiera de sus formas, tiene su némesis en la dictadura de lo políticamente correcto. Es una dictadura en sentido figurado (aunque puede materializarse legalmente), que aglutina para sí misma la facultad de emitir normas moralinas, bajo las cuales debe de someterse todo acto de comunicación; si alguien osa romperlas la dictadura se convierte en acusadora, jueza y ejecutora.

Algunos de sus adeptos están convencidos de su superioridad, lo cual -creen ellos- les da el derecho de imponer sus ideas a los demás. Otros, por el contrario, son cambiantes: hoy pueden aborrecer a la dictadura, mañana enarbolarla y pasado mañana combatirla con todas sus fuerzas, sin darse cuenta, al menos de manera consciente, de su trasmutación.

La dictadura de lo políticamente correcto no se identifica de manera exclusiva con algún partido o ideología política, ya sea de izquierda, centro o derecha. No tiene un líder perfectamente identificado; en ocasiones podremos ver con claridad a uno de sus voceros, pero en otras la veremos actuando por medio de una turba iracunda. Militan en ella, por igual, personas autoritarias y defensores de derechos humanos; intelectuales y ciudadanos comunes.

Esta dictadura no tiene límites territoriales ni temporales. Veamos algunas de sus expresiones.

El caso de la Diana Cazadora es paradigmático. Recordemos que a este célebre escultura le pusieron “calzones” para que fuera acorde al pudor del momento (no quisiera imaginar al famoso David, si Miguel Ángel hubiese sido mexicano). En pleno siglo XXI, en algunos lugares de EEUU se ha prohibido la lectura de los libros Como matar a un ruiseñor y Las aventuras de Huckleberry Fin. Recientemente, en España, una participante en un concurso de talentos ha rechazado cantar una canción de Mecano al estimar que es homofóbica. En nuestro país se canceló un concierto de heavy metal, bajo el argumento que los intérpretes son satánicos. Estos ejemplos, entre otros, son tan solo una muestra de cómo lo políticamente correcto busca imponerse a las expresiones artísticas a través de la censura.

Si damos una vuelta por las redes sociales veremos cómo un punto de vista que no sea acorde a la “normalidad”, plasmado en un tuit o un post, es atacado por un gran número de detractores que, con o sin conocimiento de la causa, pretenden exhibir, mofarse o controvertir al autor, acudiendo a verdades de Perogrullo, ideas comunes o, en ocasiones, a razonamientos con cierto nivel de argumentación, para evidenciar que la idea plasmada es contraria a la moral de la dictadura.

Estoy consciente de que la libertad de expresión, como cualquier otro derecho, puede tener límites. Verbigracia, el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos es clara en señalar que los espectáculos públicos pueden ser sometidos a censura previa con el objeto de regular los derechos de la infancia y la adolescencia. También se puede vedar la propaganda a la guerra y toda apología al odio nacional, racial o religioso que incluya incitaciones a la violencia o cualquier acción ilegal en contra de cualquier persona o grupo de personas. Pero hay que ser cautelosos, la regla general es la difusión de las ideas.

A todos, ciudadanos y autoridades, debe importarnos la protección a la libertad de expresión en todas sus vertientes. Habrá ideas que nos parezcan extrañas, incluso lleguemos a repudiar, pero no por ello debemos engrosar las filas de la dictadura de lo políticamente correcto y callarlas. La libertad de expresión, en cualquiera de sus vertientes, como la literatura, la música, la pintura o la escultura, puede ser poética, armoniosa, estética, pero también insultante, disruptiva o vulgar. Recordemos la frase de Evelyn Beatrice Hall (generalmente atribuída a Voltaire): “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Si no dejamos a los demás expresarse libremente ¿por qué razón habrían de permitirlo a nosotros?

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